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8 de abril de 2026 | 1:23 pm

Ha pasado un año.

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Un año desde aquella tragedia que estremeció al país, que dejó familias incompletas, sueños truncados y una herida que, lejos de cerrar, sigue abierta.

Y hoy, vuelve a llover.

Llueve como si el cielo se negara a callar.

Como si recordara por nosotros lo que algunos han querido olvidar.

Porque sí, recordamos.

Pero también cuestionamos.

¿Qué ha pasado en estos 12 meses?

¿Qué ha cambiado realmente para las víctimas, para los sobrevivientes, para los huérfanos?

La respuesta duele.

Duele porque más allá de las palabras, de los minutos de silencio y de los discursos, lo que debía ser prioridad: la gente, parece haber quedado en segundo plano.

Impotencia. Esa es la palabra.

Impotencia al ver que aún no existen respuestas claras, ni acciones contundentes que garanticen algo tan básico como:

  • continuidad en los estudios de los niños que quedaron solos,
  • cobertura digna de medicamentos y gastos clínicos,
  • apoyo real a quienes hoy no pueden trabajar por las secuelas físicas y emocionales.

No estamos hablando de favores. Estamos hablando de deberes.

De un Estado que debe proteger, acompañar y responder.

De instituciones que no pueden ser indiferentes cuando el dolor es colectivo.

Porque un país no se mide solo por su crecimiento económico, sino por cómo responde cuando su gente más lo necesita.

Hoy no solo se trata de recordar.

Se trata de exigir.

Exigir con respeto, pero con firmeza.

Exigir transparencia en los procesos.

Exigir justicia sin dilaciones.

Exigir políticas claras que pongan a las víctimas en el centro, no como una nota al pie.

Y también, se trata de nosotros.

De no normalizar.

De no olvidar.

De no conformarnos.

Porque cuando una tragedia no deja aprendizajes ni cambios, corre el riesgo de repetirse.

Y eso, como país, no nos lo podemos permitir.

Que esta lluvia no sea solo símbolo de dolor…

que sea también un llamado.

A construir un país donde la vida valga, donde la justicia llegue, y donde el “nunca más” no sea solo una frase, sino una realidad.