3 de enero de 2026 | 12:33 pm
La Caída de Maduro: Un Umbral Hacia la Transición, Pero con Realismo
Por Bacilio Valenzuela
Este 3 de enero de 2026, el mundo despierta con una noticia que parecía improbable hace solo horas: fuerzas estadounidenses han capturado a Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores en una operación militar de gran escala, con bombardeos en Caracas y alrededores. Maduro, acusado por Washington de narcoterrorismo y convertir Venezuela en un narcoestado, será juzgado en Nueva York.

Venezuela podría estar ante el umbral de una transición democrática, pero nadie con experiencia en estos procesos se hace ilusiones: el camino será largo, complejo y lleno de obstáculos. Los regímenes autoritarios como el chavista no giran solo alrededor de una persona, por central que sea. Son estructuras arraigadas con redes de poder militar, judicial, económico y clientelar que no se desmantelan de la noche a la mañana. Eliminar al jefe no basta; hay que desarticular pieza por pieza un sistema que penetró todas las instituciones durante más de dos décadas.

Esta captura nos recuerda el valor de los principios democráticos: respeto a la voluntad popular en las urnas, separación de poderes, libertad de expresión y rechazo a la represión como herramienta de gobierno. Valores que Venezuela perdió hace mucho y que aún no ha recuperado por completo. Celebrar este momento es legítimo, pero la euforia debe ir acompañada de realismo.

No será fácil. Una sociedad polarizada y herida por crisis humanitaria, hiperinflación, migración masiva y violencia institucional necesita tiempo, instituciones sólidas, paciencia y esfuerzo colectivo para reconstruir lazos de confianza. La intervención externa removió la pieza central del tablero, pero el futuro lo decidirán —o deberían decidir— los propios venezolanos, no imposiciones foráneas ni revanchismos internos.
En los próximos días se definirán: quién asume el poder interino, cómo se gestiona la lealtad de las fuerzas armadas, el rol de la oposición y la comunidad internacional, y si Washington cumple su promesa de no prolongar ocupación.
Mientras, la diáspora venezolana —más de ocho millones dispersos por el mundo— celebra con cautela el posible fin de una era que les robó patria, familia y futuro.
Ojalá sea el comienzo de algo mejor, y no solo el prólogo de nuevos conflictos.

