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9 de enero de 2026 | 9:52 am

La Generación que Aparenta Fortaleza, pero Vive en un Agotamiento Silencioso

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Por Yesica Abreu

Vivimos en una época donde el cansancio ha aprendido a camuflajearse. No se refleja en el rostro, ni en la agenda sobrecargada, ni en los logros profesionales que exhibimos como trofeos. Se esconde detrás de la eficiencia impecable, de la productividad constante y de la frase más repetida del repertorio moderno: “todo está bien”.

Somos parte de una generación que fue entrenada para resistir. Para cumplir. Para no detenerse jamás. A seguir adelante incluso cuando el cuerpo grita pausa y la mente anhela silencio. Nos enseñaron que rendirse no era una opción y que descansar, con demasiada frecuencia, era sinónimo de debilidad.

Y así, sin casi percibirlo, normalizamos el agotamiento.

Somos personas funcionales, responsables, comprometidas con el trabajo y la familia, pero emocionalmente exhaustas. Adultos que cumplen con todo, pero para quienes cada nuevo día cuesta un poco más comenzar. Que se levantan ya cansados, que duermen sin realmente descansar y que cargan con la sensación perpetua de ir tarde, incluso cuando llegan a tiempo.

El Problema No es el Esfuerzo, es la Ausencia de Pausa

El núcleo del malestar no reside en la capacidad de esfuerzo, sino en la ausencia crónica de espacios para detenernos. No se nos enseñó a escuchar lo que sentimos, sino a ignorarlo y seguir produciendo. A resolver problemas externos antes que a procesar los internos. A aparentar una fortaleza inquebrantable antes que a reconocer, con honestidad, nuestra propia vulnerabilidad.

La presión social alimenta este ciclo. Vivimos comparándonos con vidas ajenas que parecen perfectamente ordenadas, exitosas y en equilibrio. Pero rara vez se habla del costo emocional de sostener esa fachada. De la carga mental invisible, del peso de las decisiones diarias, de la mochila de expectativas que tantos cargan en absoluto silencio.

Lo que Realmente Necesitamos: Permiso, no Palabras Vacías

Esta generación no necesita más discursos motivacionales huecos. No necesita que le repitan que “todo pasa” o que “hay que ser fuerte”. Necesita, urgentemente, permiso social para parar sin culpa. Para admitir, en voz alta, que no siempre se puede con todo. Para entender, de una vez por todas, que pedir ayuda no es un fracaso, sino el acto supremo de cuidado personal.

Quizás el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea aprender a hacer más, sino aprender a vivir mejor. Reconocer que el cansancio emocional existe, que no es un defecto del carácter ni una falta de resiliencia, y que atenderlo es un acto de responsabilidad personal y colectiva.

Porque la fortaleza real no se mide por la capacidad de resistir eternamente, sino por la sabiduría de saber cuándo es el momento de bajar el ritmo, respirar hondo y volver a empezar desde un lugar de mayor conciencia y autocompasión.