12 de diciembre de 2025 | 12:40 am
La Herencia Invisible
Por Jeffrin G. Pacheco Reyes
No soy el ejemplo perfecto.
Estuve casado 28 años y cometí errores que, como siempre pasa, terminaron chocando contra los valores que yo mismo predicaba.

Pero justamente por haberlos vivido, por haberlos asumido y por seguir aprendiendo, me siento en la obligación de decirlo claro:
La mejor herencia que podemos dejarle a nuestros hijos no es dinero, casa ni apellido.
La verdadera herencia son los valores.
Porque:
- El dinero se acaba.
- Los carros se dañan.
- Las cuentas bancarias cambian de dueño.
Pero el respeto, la disciplina, la honestidad, la responsabilidad y los principios…
esos no se gastan, no se roban, no desaparecen.
Esos viajan con nuestros hijos.
Y si ellos los honran, seguirán viajando con nuestros nietos.
Un hijo formado en valores puede empezar desde cero y llegar lejos.
Un hijo sin principios puede tenerlo todo… y perderlo todo en un día.
Y eso lo vemos, lamentablemente, todos los días.
Los hijos no aprenden por lo que les decimos.
Aprenden por lo que nos ven hacer.
Cuando ven a su padre cumplir su palabra, aprenden que la palabra vale.
Cuando ven coherencia, aprenden a caminar recto en un mundo torcido.
Cuando ven respeto en casa, aprenden a darlo afuera.
La herencia real no se firma ante notario cuando ya no estás.
La herencia real se entrega en vida, todos los días:
- En un consejo
- En un límite necesario
- En un “no” que educa
- En un “te amo” sincero
- En un “vamos a trabajar”
Un proverbio árabe lo dice mejor que yo:
“Dale a tus hijos una brújula, no solo dinero.
Dale carácter, no solo bienes.
Dale honra, no solo un apellido.
Dale herramientas para la vida, no solo comodidad.”
Esa es la misión de un padre (y de una madre).
Enseñarles que:
- El trabajo honesto siempre paga.
- La palabra vale más que cualquier contrato.
- La dignidad no tiene precio.
- La vida es dura… pero es justa con quien camina recto.
Esa es la herencia que transforma generaciones.
La que forma seres humanos, no solo profesionales.
Porque al final, cuando todo lo material se desvanece,
los valores son el único patrimonio que jamás pierde valor.
La vida.

