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3 de noviembre de 2026

No estoy dejando de ser yo, estoy cambiando

3 de noviembre de 2026

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Por Yamilka Rodríguez | Punto de Encuentro — Reflexiones que dejan huellas

Llega una etapa de la vida en la que comenzamos a reconocernos de una manera diferente. No necesariamente porque hayamos dejado de ser quienes éramos, sino porque algunas cosas que antes parecían importantes ya no ocupan el mismo lugar. Cambian nuestras prioridades, nuestra manera de relacionarnos, la forma en que miramos el futuro y hasta la paciencia que tenemos frente a situaciones que durante años aceptamos sin cuestionar.

Para muchas mujeres, la llegada de la menopausia coincide con ese momento de revisión personal. Mientras el cuerpo atraviesa una transformación natural, también pueden surgir preguntas sobre la identidad, las relaciones, el trabajo, la familia y los proyectos que todavía queremos realizar. Sin embargo, no siempre encontramos un entorno dispuesto a comprender esos cambios. A veces, cualquier diferencia en nuestro comportamiento se atribuye a las hormonas, como si todo lo que pensamos, sentimos o decidimos a partir de cierta edad necesitara una explicación biológica.

La menopausia no se vive de la misma manera para todas. Algunas mujeres atraviesan esta etapa con síntomas difíciles; otras experimentan cambios más llevaderos. Algunas sienten que necesitan detenerse y reorganizar su vida, mientras otras continúan con sus actividades habituales sin mayores interrupciones. No existe una única manera de vivirla, y precisamente por eso resulta injusto reducir las experiencias de millones de mujeres a una misma descripción.

Lo que sí merece nuestra atención es la manera en que interpretamos esos cambios. Una mujer que comienza a decir que no, que cuestiona ciertas exigencias, que deja de asumir responsabilidades que no le corresponden o que decide dedicar más tiempo a sus propios intereses puede encontrarse con reacciones inesperadas. De pronto, aquello que antes se consideraba entrega comienza a llamarse egoísmo; la firmeza se confunde con mal carácter y la necesidad de espacio se interpreta como distanciamiento.

¿Y si no estuviéramos necesariamente ante una mujer difícil, sino ante una mujer que está reconsiderando la manera en que quiere vivir?

Durante años, muchas mujeres han aprendido a responder a las expectativas de los demás. Han construido familias, sostenido hogares, desarrollado carreras profesionales y asumido responsabilidades que con frecuencia dejan poco espacio para preguntarse qué desean para sí mismas. No todas han vivido esa realidad de igual manera, pero para muchas la costumbre de atender las necesidades ajenas ha terminado ocupando un lugar central en su identidad.

Por eso, cuando llega una etapa en la que comienzan a revisar sus prioridades, el cambio puede resultar desconcertante, tanto para ellas como para quienes las rodean. Quizás ya no quieren participar en todas las actividades, tolerar determinadas conductas o mantener compromisos que dejaron de tener sentido. Quizás desean estudiar, emprender, viajar, enamorarse, cambiar de trabajo o simplemente disfrutar de una vida menos condicionada por las expectativas externas.

Y esas decisiones no deberían necesitar una justificación relacionada con la edad.

Existe una idea equivocada de que después de los cincuenta la vida entra en una especie de etapa de cierre, como si los grandes proyectos, las nuevas oportunidades y las posibilidades de reinventarse pertenecieran exclusivamente a la juventud. Esa percepción limita no solo a las mujeres que la aceptan, sino también a una sociedad que todavía tiene dificultades para reconocer el valor de la experiencia y las posibilidades que siguen abiertas en la madurez.

La edad trae consigo realidades que no podemos ignorar, pero también conocimiento, perspectiva y una mayor comprensión de nuestras propias necesidades. No significa que todas las mujeres lleguen a esta etapa con seguridad, libertad económica o condiciones favorables. Tampoco que deban sentirse obligadas a comenzar de nuevo o a convertir cada cambio en una gran transformación. A veces, avanzar consiste simplemente en reconocer lo que necesitamos y permitirnos tomar decisiones más coherentes con nuestra realidad.

También es importante que quienes acompañan a las mujeres en esta etapa comprendan que no necesitan corregirlas, minimizar lo que sienten ni explicar cada una de sus decisiones por la menopausia. Necesitan espacios donde puedan hablar sin sentirse juzgadas, relaciones en las que sus opiniones sigan teniendo valor y entornos laborales y familiares capaces de reconocer que las personas cambian a lo largo de la vida.

Quizás una de las mayores oportunidades de esta etapa sea dejar de medir nuestra vida únicamente por lo que hemos cumplido para los demás y comenzar a preguntarnos qué queremos construir con lo que todavía tenemos por delante. No desde la presión de demostrar que seguimos siendo jóvenes, productivas o capaces de hacerlo todo, sino desde la libertad de elegir qué merece nuestra energía y qué lugar queremos ocupar en nuestra propia historia.

No tenemos que convertir la menopausia en una celebración obligatoria ni vivirla como una pérdida. Podemos reconocer sus dificultades, atender nuestra salud y, al mismo tiempo, comprender que esta etapa no define todos los aspectos de nuestra identidad.

No estoy dejando de ser yo, estoy cambiando. Y cambiar no significa desconocer nuestra historia, sino permitir que las experiencias, el conocimiento y el tiempo también tengan algo que aportar a la mujer en la que nos estamos convirtiendo.

Quizás la pregunta no sea cuánto hemos cambiado, sino cuánto espacio nos estamos permitiendo para seguir descubriéndonos.

Porque cumplir años no debería significar reducir nuestras posibilidades, y llegar a una nueva etapa de la vida tampoco debería obligarnos a pedir disculpas por querer vivirla a nuestra manera.

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