20 de octubre de 2026
CUANDO CIERRA UN SANTUARIO, SE APAGA PARTE DE NUESTRA HISTORIA
20 de octubre de 2026
Por: Lic. Jeffrin G. Pacheco Reyes
Hoy quiero recomendarles la lectura de un extraordinario artículo de Ricardo Nieves, publicado en el periódico Listín Diario, bajo el título «Memorias: aquella cafetería de la Librería Cuesta».
Un escrito que invita a la reflexión, despierta la nostalgia y nos recuerda que existen lugares cuyo verdadero valor no está en lo que producen económicamente, sino en lo que representan para la cultura, la amistad, el conocimiento y la memoria de una sociedad.
¡Cuánta razón tiene Ricardo Nieves en su artículo!
Yo, en lo personal, creo que aquella cafetería de la Librería Cuesta nunca debió cerrar. Debió conservarse como una tradición para nuestros hijos, nietos y las generaciones venideras, para que conocieran dónde comenzó todo, nuestras tertulias, nuestros encuentros y parte de nuestra historia.
Independientemente de que fuera un negocio privado, aquello era mucho más que una cafetería: era un patrimonio sentimental y cultural.
¡Un error garrafal haberla cerrado! Porque cuando desaparecen esos lugares, también vamos perdiendo nuestra esencia, nuestras raíces y la memoria de dónde venimos.
Y hoy veo con tristeza a quienes durante tantos años tenían allí sus peñas y tertulias, reunidos ahora en dos sillitas frente al ascensor, en un pasillo o arrinconados al fondo del mismo establecimiento, prácticamente como sardinas en lata. Personas desencantadas, entre ellas intelectuales, profesionales y figuras de gran trayectoria intelectual, que antes disfrutaban de un espacio digno para conversar, debatir y compartir conocimientos.
¡Qué tristeza ver cómo se ha reducido un espacio que durante tantos años fue punto de encuentro del pensamiento y la cultura!
Y, sobre todo, se perdió un lugar que cultivaba el amor por la lectura, el intercambio de ideas y el placer de una buena conversación. En un mundo cada vez más agitado, convulso y dominado por la tecnología, aquella cafetería era mucho más que un lugar para tomar café: era un refugio para el pensamiento, la cultura y el espíritu.
¡Era un verdadero santuario!
Hay lugares que no deberían desaparecer jamás, porque forman parte de la memoria colectiva de un pueblo.
¡No todo en la vida debe medirse en dinero y rentabilidad! Hay espacios cuyo valor histórico, cultural y humano sencillamente no tiene precio.
Y aunque ya hace dos años que fue cerrada, fíjense cómo Ricardo Nieves todavía la recuerda hoy con tanta nostalgia. ¡Eso demuestra que aquella cafetería no era simplemente un negocio, sino un lugar que dejó huellas imborrables en quienes la frecuentaban! Porque los negocios cierran, pero los recuerdos, las tertulias y la historia permanecen vivos en la memoria de quienes los disfrutaron.

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