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27 de agosto de 2026

Cuando la felicidad cambia de forma

27 de agosto de 2026

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Hace unos días leí el post de una amiga sobre lo que significa llegar a los 40. Y aunque yo ya estoy más cerca de los 50, me sentí completamente identificada.

Cada edad trae sus propias búsquedas, anhelos y metas. Pero algo cambia cuando llegamos a las cuatro décadas: comenzamos a descubrir el valor de lo simple.

Mi hija, por ejemplo, no entiende cómo puedo disfrutar tanto ir a una jardinería a comprar plantas. Tampoco imagino fácilmente unas vacaciones donde no pueda llevar a Luna, mi perrita. Su compañía, su mirada y la calma que me transmite son parte de mi felicidad.

Hoy disfruto levantarme, agradecerle a Dios por un nuevo día, tomarme un café y regar mis plantas.

Cosas sencillas. Pero para mí, inmensas.

Y es que con los años la felicidad no necesariamente se hace más grande; se hace más sencilla.

Aprendemos que una casa en paz, una conversación tranquila, las personas que amamos, nuestra relación con Dios o simplemente tener propósito pueden darnos una plenitud que antes buscábamos en otros lugares.

Por eso creo que cada etapa hay que vivirla a su tiempo. Cuando hemos disfrutado y aprendido de cada edad, no necesitamos aferrarnos a la juventud para sentirnos vivos.

Necesitamos amarnos a los 40, a los 50, a los 60… y seguir encontrando razones para levantarnos con ilusión.

Quizás madurar sea precisamente eso: dejar de perseguir tanto la felicidad y aprender a reconocerla cuando ya está frente a nosotros.

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