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19 de agosto de 2026

El cansancio de ser siempre quien sostiene

19 de agosto de 2026

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Hay un tipo de cansancio que no se quita durmiendo. No tiene que ver necesariamente con haber trabajado demasiado, dormido poco o tenido una semana complicada. Es otro tipo de agotamiento: el de ser la persona que siempre está pendiente de todo.

La que recuerda, organiza, resuelve, llama, averigua, coordina, pregunta y aparece. En la casa, en el trabajo, en la familia, con los hijos, con los amigos y hasta en ese grupo de WhatsApp donde nadie sabe nada hasta que esa persona interviene.

Sin darse cuenta, algunas personas terminan convirtiéndose en una especie de centro de operaciones 24/7.

—¿A qué hora era la cita?
—Pregúntale a ella.

—¿Quién compró el regalo?
—Seguro ella.

—¿Dónde es la actividad?
—Ella tiene la ubicación.

—¿Qué falta por hacer?
—Ella sabe.

Y al principio incluso puede sentirse bien. Hay cierta satisfacción en saber que los demás confían en uno, que reconocen nuestra capacidad para resolver y que saben que, cuando algo se complica, probablemente encontraremos la manera de solucionarlo.

El problema aparece cuando esa capacidad deja de ser una cualidad y comienza a convertirse en una obligación silenciosa.

Porque una cosa es ser responsable y otra muy distinta es sentir que, si uno no mueve la mata, la mata no se mueve.

En el trabajo, eres quien recuerda lo que quedó pendiente. En la familia, quien organiza el cumpleaños. Con los hijos, quien sabe quién tiene examen, quién necesita comprar algo y quién tiene una cita. Con los amigos, quien propone el restaurante, hace la reservación y manda la ubicación. Y cuando llega diciembre, probablemente también sabes quién todavía no ha comprado el regalo del angelito.

Lo curioso es que muchas veces nadie obliga a esa persona a asumir todos esos roles. Simplemente sabe resolver. Ve el problema y actúa.

Mientras los demás todavía están diciendo “déjame ver”, ella ya vio, cotizó, llamó, reservó, pagó y mandó el comprobante.

Después llega una pregunta inevitable: ¿por qué aquí nadie toma iniciativa?

Y quizás una parte de la respuesta también esté en nosotros.

A veces resolvemos tan rápido que acostumbramos a los demás a esperar. Cada vez que alguien iba a pensar, nosotros ya habíamos pensado primero. Cada vez que alguien podía asumir una responsabilidad, nos adelantamos.

Eso, sin embargo, no significa que no canse.

Porque llega un momento en que uno ya no quiere escuchar: “Dime qué hago”. Quiere escuchar algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, muchísimo más poderoso: “Ya lo resolví”.

Y esto no tiene que ver únicamente con la pareja. Tiene que ver con todas nuestras relaciones.

Con ese hermano que casi nunca llama, pero aparece cuando necesita algo. Con el compañero de trabajo que sabe que, al final, alguien revisará lo que dejó incompleto. Con los amigos que disfrutan muchísimo los planes, siempre y cuando otro los organice. Con los hijos que preguntan “¿dónde está?” sin siquiera haber mirado. Y con esa familia que, ante cualquier problema, parece tener un GPS interno que apunta directamente hacia la misma persona.

Ser quien sostiene puede sentirse bonito. Hasta que sostener se convierte en costumbre. Y luego, casi sin darnos cuenta, en responsabilidad.

Ahí aparece un cansancio diferente. No necesariamente de hacer cosas, sino de sentir que siempre hay que estar disponible. Siempre saber. Siempre responder. Siempre pensar un paso adelante.

Porque incluso las personas fuertes quieren, de vez en cuando, poder decir: “No sé”, y que alguien más se encargue.

Quieren llegar a un sitio sin haber hecho la reservación. Sentarse en una reunión sin tener que llevar la agenda. Ir a una actividad familiar sin saber quién compró el hielo. Abrir WhatsApp y descubrir, para sorpresa de todos, que otra persona tomó una decisión.

Cosas pequeñas. Casi revolucionarias.

Pero quienes solemos resolver también tenemos una tarea pendiente: aprender a no hacerlo todo inmediatamente.

A veces hay que permitir el silencio incómodo. Dejar que alguien pregunte: “¿Y ahora qué hacemos?”, y resistir las ganas de responder.

Porque quizás ese pequeño espacio sea precisamente lo que otros necesitan para aprender a hacerse cargo.

Ser responsable es una virtud. Ser capaz también. Pero ninguna de las dos debería convertirse en una condena.

Así que la próxima vez que vea a esa persona que siempre organiza, recuerda, carga, llama, coordina y resuelve, no le pregunte qué hay que hacer.

Sorpréndala.

Dígale: “Déjamelo a mí”.

Puede parecer una frase pequeña.

Pero para quien lleva años siendo el departamento de logística de todo el mundo, eso casi cuenta como vacaciones.

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