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29 de septiembre de 2026

Entre tener hijos y ser padre

29 de septiembre de 2026

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Por Lic. Jeffrin G. Pacheco Reyes

Hace unos días ocurrió algo aparentemente sencillo en mi familia que me llevó a reflexionar. Mi hijo más pequeño, Sebastián, decidió escribirle una carta a su hermano, que se encuentra en el exterior estudiando en la universidad.

No fue una carta preparada por un adulto. Fueron las palabras espontáneas de un niño que extraña a su hermano. Y precisamente por su sencillez me tocó profundamente.

Escrita de su puño y letra, Sebastián le dice:

«Querido Jeffrito:

Quiero agradecerte por ser mi hermano querido y siempre estar para mí cuando lo necesitaba. Te extraño mucho, ojalá vengas pronto.

Gracias por siempre quererme y preocuparte por mí. Por cuando me llevabas al carro. Ya quiero que vengas para volver a ir a cenar juntos.

Me siento muy feliz por tener un hermano como tú. Ojalá te estés divirtiendo en la universidad y que hagas muchos amigos y amigas.

Con amor, Sebastián».

La carta, escrita de su puño y letra por Sebastián para su hermanito, acompaña esta reflexión. No necesita mayores explicaciones: sus palabras hablan por sí solas.

Cuando la leí comprendí algo que muchas veces olvidamos: entre tener hijos y ser padre existe una enorme diferencia.

Tener un hijo es traer una vida al mundo. Ser padre, en cambio, es una responsabilidad que se construye todos los días. Es procurar su educación y bienestar, pero también escucharlos, conocer sus sueños y sus temores, compartir una comida, una conversación o, sencillamente, tiempo juntos.

Ser padre es crear complicidad. Es estar presente.

Y existe una responsabilidad todavía mayor: ser referente.

No podemos exigirles a nuestros hijos valores que nosotros mismos no practicamos. Los hijos observan. Miran cómo tratamos a los demás, cómo enfrentamos las dificultades, cómo cumplimos nuestra palabra, cómo trabajamos y cómo actuamos cuando creemos que nadie nos está mirando.

Por eso, uno de los mayores reconocimientos que puede recibir un padre no viene acompañado de una medalla, un título profesional, una posición social ni una cuenta bancaria. Es escuchar algún día a un hijo decir con sinceridad: «Estoy orgulloso de mi padre».

Queremos buenos hijos, pero a veces olvidamos que primero debemos construir buenos hogares. Queremos jóvenes respetuosos, responsables y solidarios, pero esos valores no aparecen mágicamente cuando cumplen 18 años. Se siembran desde pequeños y, sobre todo, se enseñan con el ejemplo.

La carta de Sebastián me hizo comprender que algo hemos sembrado bien.

Porque más importante que dejarles propiedades, dinero o cualquier patrimonio material es conseguir que, cuando nosotros ya no estemos, nuestros hijos continúen llamándose, abrazándose, cuidándose, apoyándose y queriéndose.

Algún día cada uno formará su propia familia y seguirá su camino. Por eso quisiera dejarles una herencia que ningún banco puede guardar, que ninguna crisis económica puede devaluar y que nadie podrá quitarles: el amor entre hermanos, los valores aprendidos en casa y la certeza de que siempre tendrán una familia a la cual regresar.

Al final, los años pasan, los hijos crecen y las cosas materiales van y vienen. Es entonces cuando comprendemos el verdadero valor de lo intangible: el amor, la familia, la entrega, los recuerdos y todo aquello que no se compra con dinero, pero que puede marcar para siempre la vida de un ser humano.

Porque tener hijos puede convertirnos en padres biológicamente.

Pero ser padre de verdad es otra cosa: es amar, educar, acompañar, corregir, escuchar, proteger, compartir y, sobre todo, ser ejemplo.

Y esa responsabilidad dura toda la vida.

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