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13 de agosto de 2026

Hay personas que llegan a nuestra vida y, sin proponérselo, nos hacen sentir mejor.

13 de agosto de 2026

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No necesariamente solucionan nuestros problemas. No tienen respuestas para todo. Tampoco viven diciendo frases motivacionales. Simplemente tienen una manera de estar que nos hace bien.

Son esas personas con las que podemos conversar y sentir que el peso del día disminuye un poco. Las que celebran nuestras alegrías sin competir con ellas. Las que saben escuchar sin convertir inmediatamente nuestra historia en la suya. Las que nos dicen una verdad cuando la necesitamos, pero sin lastimarnos para demostrar que tienen razón.

A esas personas me gusta llamarlas personas vitamina.

Porque así como nuestro cuerpo necesita ciertos nutrientes para funcionar mejor, también nuestra vida emocional necesita vínculos que nos nutran.

Y qué diferencia se siente.

Hay conversaciones después de las cuales terminamos agotados, cuestionándonos, sintiéndonos menos. Y hay otras que, aun cuando hablamos de problemas difíciles, nos dejan con una sensación distinta: “Voy a poder con esto”.

La persona vitamina no necesariamente te dice que todo estará bien. A veces te dice exactamente lo contrario: que tienes que reaccionar, tomar una decisión, poner un límite o reconocer que te equivocaste.

La diferencia está en desde dónde lo hace.

No busca disminuirte. Busca ayudarte a crecer.

También existen personas que nos drenan

Todos hemos conocido personas cuya presencia parece consumir nuestra energía.

Todo es problema. Todo es queja. Siempre hay un culpable. Cuando les cuentas algo bueno, encuentran rápidamente la manera de señalar lo que podría salir mal. Si compartes un sueño, te explican por qué probablemente no funcionará.

Y quizás lo más peligroso es que, cuando convivimos demasiado tiempo con ese tipo de energía, terminamos normalizándola.

Nos acostumbramos a conversaciones que nos desgastan.

Nos acostumbramos a justificar relaciones que nos hacen sentir pequeños.

Nos acostumbramos incluso a salir de ciertos encuentros pensando: “¿Por qué cada vez que hablo con esta persona termino sintiéndome mal?”.

Esa pregunta merece atención.

Porque la gente que permitimos cerca también termina influyendo en nuestra manera de mirar la vida.

Pero hay una pregunta todavía más importante

Es muy fácil identificar quién nos hace bien y quién nos drena.

Lo verdaderamente interesante es preguntarnos:

¿Qué tipo de persona soy yo para los demás?

Cuando alguien termina de hablar conmigo, ¿se siente escuchado o juzgado?

Cuando alguien me cuenta una buena noticia, ¿me alegro genuinamente o inmediatamente comparo su vida con la mía?

Cuando alguien está pasando por un momento difícil, ¿lo acompaño o aprovecho para contarle que mis problemas son peores?

Cuando entro a una habitación, ¿llevo paz o llevo tensión?

Porque todos queremos tener personas vitamina cerca, pero pocas veces pensamos en convertirnos nosotros también en una.

Y no se necesita hacer grandes cosas.

A veces basta con escuchar de verdad.

Celebrar sinceramente.

Preguntar: “¿Cómo estás?” y esperar la respuesta.

Enviar un mensaje cuando sabemos que alguien está atravesando un momento difícil.

Reconocer el esfuerzo de otra persona.

Dar las gracias.

Pedir perdón.

No participar en un comentario que destruye a alguien que ni siquiera está presente para defenderse.

Hablar bien de los demás cuando no están en la habitación.

Son pequeños gestos, pero pueden cambiar por completo el día de una persona.

Hagamos un pequeño ejercicio

Hoy piensa en tres personas.

Una que siempre te hace sentir bien.

Otra a quien quizás tengas un poco abandonada y deberías llamar.

Y una tercera a quien tú podrías hacerle bien en este momento.

A la primera, agradécele.

A la segunda, búscala.

A la tercera, conviértete tú en su vitamina.

Porque muchas veces esperamos encontrar personas extraordinarias que transformen nuestra vida, cuando quizás la invitación es mucho más sencilla:

Ser nosotros esa persona que hace un poco más amable la vida de los demás.

Al final, probablemente nadie recuerde todas las cosas que hicimos, los cargos que ocupamos o cuánto logramos.

Pero sí recordarán cómo se sentían cuando estaban cerca de nosotros.

Y si pudiéramos elegir qué dejar en los demás, qué hermoso sería que alguien pudiera decir algún día:

“Hablar contigo siempre me hacía bien.”

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