1 de octubre de 2026
La paz que tanto anhelas
1 de octubre de 2026
Durante mucho tiempo pensé que la paz llegaría cuando todo estuviera resuelto. Cuando tuviera respuestas, cuando algunas cosas fueran diferentes o cuando finalmente pudiera entender el porqué de ciertas situaciones.
Hoy sé que no siempre funciona así.
A veces la paz llega cuando decides dejar de luchar con aquello que no puedes controlar. Cuando perdonas, no porque lo vivido haya dejado de importar, sino porque decides que ya no quieres seguir cargándolo.
Y, sobre todo, cuando eres capaz de decirle a Dios: “Hasta aquí llegué yo. Lo demás te lo entrego a Ti.”
Hay una libertad difícil de explicar en ese momento. Las circunstancias quizás siguen siendo las mismas, pero algo dentro de ti cambia. Ya no necesitas controlar el desenlace, tener todas las respuestas ni convencer a nadie de nada.
Simplemente descansas.
Pero en este camino también descubrí algo hermoso: hay batallas que uno cree estar peleando solo y, sin saberlo, hay personas peleándolas contigo de rodillas.
Este artículo tiene tres nombres: Marino Peña, Maritza Gutiérrez y Magdalena Batista.
Gracias.
Gracias porque hubo momentos en los que ustedes oraron sin esperar nada a cambio. Porque se mantuvieron firmes, porque no se cansaron de pedirle a Dios por aquello que sabían que mi corazón necesitaba y porque, de alguna manera, fueron esos ángeles que Dios coloca en el camino para sostenernos cuando nuestras propias fuerzas no alcanzan.
Hay oraciones que uno nunca escucha, pero cuyos resultados termina sintiendo.
Y quizás por eso hoy mi gratitud es diferente. Porque entendí que algunas personas llegan a nuestra vida para acompañarnos, pero otras llegan para interceder por nosotros. Y eso es un regalo que no tiene precio.
Hoy no necesito que todo sea perfecto para sentir paz.
Me basta saber que perdoné, que solté, que agradecí y que aquello que durante tanto tiempo intenté controlar finalmente está donde siempre debió estar: en las manos de Dios.
A Marino, Maritza y Magdalena: gracias por no darse por vencidos. Gracias por cada oración que hicieron cuando nadie los estaba mirando. Gracias por querer mi bienestar sin esperar absolutamente nada a cambio.
Parte de la paz que hoy siento también lleva un poquito de ustedes.
Y a Dios, gracias por recordarme que soltar no siempre significa perder.
A veces, soltar es exactamente la manera en que volvemos a encontrarnos.

Deja un comentario