22 de septiembre de 2026
¿PARA QUIÉN TRABAJAMOS?
22 de septiembre de 2026
Una reflexión desde la casa de Gianni Versace
Por Lic. Jeffrin G. Pacheco Reyes
Este artículo nació sentado en una mesa de Casa Casuarina, la célebre mansión de Gianni Versace en Miami Beach.
Después de almorzar decidí quedarme un rato. Por esas casualidades de la vida, la mesa que me correspondió estaba justamente al lado de su famosa piscina, revestida con miles de mosaicos, algunos con oro de 24 quilates.
Mientras observaba aquella impresionante propiedad comenzaron a llegarme los pensamientos que hoy comparto.
¿Para quién trabajamos?
Gianni Versace compró Casa Casuarina en 1992 por US$2.95 millones e invirtió una fortuna en transformarla en una extraordinaria obra de arte.
Apenas cinco años después, en 1997, fue asesinado frente a las mismas escalinatas de la casa que tanto había amado.
Sentado allí me pregunté:
¿Alguna vez imaginó Versace que, después de su muerte, miles de personas que jamás conocería entrarían en sus habitaciones, almorzarían en su casa y se fotografiarían junto a aquella piscina en la que invirtió tanto?
No. Jamás pudo imaginarlo.
Y, sin embargo, eso es exactamente lo que ocurre hoy.
Estando allí mismo me puse a investigar y descubrí algo que desconocía: Casa Casuarina guarda una hermosa conexión con nuestra República Dominicana.
Fue construida en 1930 por Alden Freeman, inspirado en el Alcázar de Colón de Santo Domingo, que había conocido durante un viaje al país.
Y pensé:
Diego Colón ya no está en su Alcázar.
Alden Freeman ya no está en Casa Casuarina.
Gianni Versace tampoco está allí.
Las casas permanecieron. Sus propietarios se fueron.
Frente a aquella piscina comprendí cuánto tiempo dedicamos a acumular, crear y construir, muchas veces como si nunca fuéramos a irnos, sin pensar que un día nos vamos y todo se queda.
Casas, apartamentos, terrenos, vehículos, empresas, dinero…
Trabajamos, nos sacrificamos y posponemos viajes, reuniones familiares y momentos irrepetibles creyendo que todo aquello que construimos será nuestro para siempre.
Pero no lo será.
Versace colocó hasta oro en aquella piscina. Sin embargo, ni aquel oro, ni su fama, ni su talento, ni su fortuna pudieron comprarle un solo día más cuando llegó su hora.
Después de su muerte, la vida continuó. La propiedad fue vendida, llegaron otros propietarios y Casa Casuarina terminó convertida en un exclusivo hotel y en uno de los restaurantes más conocidos de Miami Beach.
Hoy, según pude conocer estando allí, unas 800 personas pasan por el lugar durante la tarde y alrededor de 1,400 en la noche, disfrutando espacios que alguna vez fueron exclusivamente privados.
Y allí entendí la gran ironía:
Podemos pasar toda una vida construyendo para nosotros y terminar, sin saberlo, construyendo para personas que ni siquiera llegaremos a conocer.
Eso no significa dejar de trabajar, progresar o construir patrimonio. Todo lo contrario. Significa no olvidarnos de vivir.
Porque quizá la verdadera riqueza no consiste solamente en cuánto acumulamos, sino en cuánto vivimos mientras tuvimos la oportunidad de hacerlo.
Trabajar, progresar y dejar un legado son parte de la vida. Pero vivir también lo es.
Y quizás esa sea la lección más sencilla y profunda que me llevé aquel día de Casa Casuarina, la que un día fue la casa de Gianni Versace:
Nosotros nos vamos. Todo queda.

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