29 de septiembre de 2026
Resiliencia: NO es volver a ser la misma
29 de septiembre de 2026
Por Yamilka Rodríguez — Punto de Encuentro
Hay palabras que escuchamos tantas veces que terminamos creyendo que sabemos exactamente lo que significan. Resiliencia es una de ellas.
Durante mucho tiempo pensé que ser resiliente era tener la capacidad de levantarse después de una caída, continuar después de una pérdida o soportar una etapa difícil sin rendirse. Y sí, todo eso forma parte de la resiliencia. Sin embargo, con el tiempo he empezado a entenderla de otra manera.
Quizás ser resiliente no significa simplemente volver a levantarnos. Quizás significa aprender a levantarnos siendo conscientes de que, después de algunas experiencias, ya no somos exactamente la misma persona que cayó.
La vida tiene diferentes maneras, muy particulares, de obligarnos a cambiar. A veces lo hace a través de una pérdida; otras, de una enfermedad, una separación, una dificultad económica, un conflicto familiar, un fracaso profesional o una etapa en la que simplemente sentimos que no sabemos hacia dónde vamos. Y cuando atravesamos algo así, solemos hacernos una pregunta:
¿Cuándo volveré a ser la persona que era antes?
Tal vez esa no sea la pregunta correcta. Porque hay experiencias que no vienen a devolvernos a nuestro punto de partida. Vienen a mostrarnos que necesitamos construir un nuevo lugar desde donde continuar.
He tenido que aprenderlo en diferentes momentos de mi vida. Y algo que hoy puedo reconocer es que la resiliencia no siempre se ve como fuerza; a veces se parece a detenerse, cambiar de dirección, pedir ayuda, reconocer que algo ya no funciona, poner un límite, aceptar una realidad que no podemos controlar, admitir que nos equivocamos, dejar de insistir o comenzar nuevamente.
Incluso puede parecerse a algo tan sencillo como decir: «Esto ya no lo puedo hacer de la misma manera.»
Porque una de las grandes trampas de la fortaleza es pensar que, si algo funcionó antes, debemos seguir haciéndolo igual, aunque nosotros ya hayamos cambiado.
Cambian nuestras circunstancias, nuestras prioridades, nuestro cuerpo, nuestras relaciones, nuestra manera de entender la vida y también aquello que estamos dispuestos a tolerar.
Por eso, ser resiliente no siempre significa hacer más. A veces, simplemente, significa aprender a hacerlo diferente.
Las sombras de nuestras fortalezas
También he descubierto que muchas de nuestras fortalezas tienen una sombra: la responsabilidad puede convertirse en cargar con todo; la capacidad de resolver puede transformarse en la sensación de que nadie más hará las cosas bien; la independencia puede dificultarnos pedir ayuda; la determinación puede convertirse en terquedad; y el deseo de cuidar a los demás puede hacernos olvidarnos de nosotros mismos.
Quizás por eso la resiliencia también requiere autoconocimiento.
No solamente preguntarnos «¿qué me pasó?» , sino algo mucho más útil:
- ¿Qué está haciendo esto conmigo?
- ¿Qué estoy aprendiendo?
- ¿Qué necesito cambiar?
- ¿Qué parte de mí necesito recuperar?
- ¿Y qué parte de mí ya no quiero seguir llevando de la misma manera?
Hay personas que después de una separación aprenden a estar solas. Hay quienes, después de una dificultad económica, aprenden a organizarse de otra manera. Quienes, después de una enfermedad, comienzan a valorar su cuerpo desde otro lugar. Quienes, después de un fracaso profesional, descubren capacidades que nunca habían tenido que utilizar. Y quienes, después de una etapa familiar difícil, finalmente comprenden que amar también puede significar poner límites.
Cada experiencia puede dejarnos algo. La pregunta es: ¿qué hacemos con lo que nos deja?
Podemos quedarnos contando las veces que nos caímos o preguntarnos qué aprendimos de cada reconstrucción.
No empezamos desde cero. Empezamos desde todo lo que aprendimos. Esa diferencia es enorme.
Porque cuando una persona vuelve a comenzar después de una experiencia difícil, puede sentir que perdió tiempo, oportunidades, relaciones, dinero, estabilidad o incluso una versión de sí misma.
Pero también lleva consigo algo que antes no tenía: conocimiento.
Sabe cosas que antes desconocía, reconoce señales que antes ignoraba, conoce límites que antes no sabía poner y ha descubierto capacidades que quizás nunca imaginó tener o necesitar.
Y, sobre todo, comienza a entender que no necesita regresar exactamente al lugar donde estaba para volver a sentirse bien.
No perdernos dentro de lo que nos sucede
Por eso hoy pienso que la resiliencia no consiste en convertirnos en personas invencibles.
Consiste en aprender a no perdernos dentro de aquello que nos sucede.
Podemos estar tristes y seguir avanzando, podemos tener miedo y tomar una decisión, podemos extrañar y continuar, podemos equivocarnos y aprender, podemos amar y poner límites, podemos cuidar a otros sin abandonarnos, podemos cerrar una etapa sin saber todavía exactamente qué vendrá después y podemos volver a empezar sin tener todas las respuestas.
Tal vez la verdadera resiliencia no se reconoce porque alguien nunca se rompe.
Se reconoce porque, cuando algo se rompe, esa persona se permite mirar los pedazos, entender qué pasó y decidir qué quiere construir con ellos.
No siempre podemos elegir lo que nos ocurre, pero podemos participar activamente en lo que hacemos con ello.
Hoy, cuando miro algunas de las etapas difíciles que he atravesado, ya no me interesa preguntarme solamente cuánto tuve que soportar. Me interesa mucho más preguntarme en quién me convertí después de atravesarlas.
Porque ya no quiero volver a ser exactamente la mujer que era antes.
Quiero conservar lo bueno, aprender de lo difícil, reconocer mis sombras, agradecer mis aprendizajes y seguir creciendo.
Y quizá eso sea resiliencia: no volver a ser la misma, sino descubrir que todavía puedes convertirte en alguien nuevo sin dejar de ser tú.
Punto de Encuentro
Reflexiones que dejan huellas.

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