29 de mayo de 2026
Trujillo y el 30 de Mayo de 1961: La reconstrucción paso a paso del último día de la dictadura
jul. 11, 2025 | 03:34 p. m.
Santo Domingo, RD – El 30 de mayo de 1961 era martes. El dictador Rafael Leónidas Trujillo Molina era un hombre disciplinado y con rutinas preestablecidas. Sin decirlo con palabras, el uso de ciertas piezas de su vestimenta enviaba un mensaje de sus planes. Su ropa de uniforme militar color verde olivo de esa noche establecía que iría a su natal San Cristóbal, con destino a la Hacienda Fundación, donde le esperaba una doncella que había sido citada para pasar la noche en el lecho del llamado «Benefactor de la Patria».
Según el testimonio de diversos historiadores como Víctor Gómez Bergés, Juan Daniel Balcácer, Roberto Cassá, Bernardo Vega, José Del Castillo, Euclides Gutiérrez Félix, José Miguel Ángel Soto Jiménez y Joaquín Balaguer, entre otros, coinciden en señalar que el último día del sátrapa se inició como era costumbre en él.
La mañana: rutina y mal humor
Amaneció en la Estancia Radhamés, que era su residencia oficial, dentro de los terrenos que hoy conocemos como Plaza de la Cultura Juan Pablo Duarte, en la avenida Máximo Gómez, por el área de la Biblioteca Nacional. Despertó cerca de las 5 de la mañana como lo hacía diariamente y recibió informes de inteligencia.
A media mañana, acompañado de su edecán militar, el Coronel Marcos Jorge Moreno, hizo una visita a la Base Aérea de San Isidro, donde se molestó con el Secretario de Estado de las Fuerzas Armadas, General José René Román Fernández, alias «Pupo» , por un charco de agua que se encontró en la entrada, por el descuido de una llave averiada que no había sido reparada. Lo amonestó verbalmente de manera muy cruda y desconsiderada, frente a oficiales subalternos que fueron testigos de su molestia.
El almuerzo y la llamada clave
Posteriormente, Trujillo se dirigió al Palacio Nacional donde recibió funcionarios, tuvo reuniones con diversas personalidades y despachó asuntos de Estado con el presidente Joaquín Balaguer, quien narra en su obra Memorias de un Cortesano de la Era de Trujillo detalles de su último encuentro con el dictador. Compartió además con su cercano colaborador y hombre de confianza, Virgilio Álvarez Pina («don Cucho») .
En el Palacio Nacional, Trujillo también participó en un almuerzo con un grupo de amigos, incluido el Dr. Miguel Ángel Báez Díaz, donde el dictador dijo que iría esa noche a San Cristóbal. Esta información fue comunicada por teléfono por Báez Díaz a don Antonio de la Maza, uno de los principales responsables del ajusticiamiento del Generalísimo.
La tarde: inspección y despedidas
Después del almuerzo, el dictador se dirigió a la Estancia Ramfis (hoy sede de la Cancillería), otra de sus residencias habituales. Cerca de las 6 de la tarde, mantuvo su acostumbrada rutina y visitó a su madre, doña Julia Molina, quien vivía en los terrenos que hoy ocupa la Universidad APEC. Tal como lo hacía siempre, después de visitarla, bajó caminando a pie toda la avenida Máximo Gómez, acompañado por un reducido número de colaboradores.
Una vez en el malecón, en el área de Güibia, se montó en su vehículo y, nuevamente acompañado del General Román Fernández, decidió volver a la Base Aérea de San Isidro para inspeccionar si había sido reparado el desperfecto de la llave rota. Al ver que la llave permanecía sin repararse, se enfureció amargamente con más ira y cólera contra el General «Pupo» Román.
De manera iracunda abandonó el lugar y se dirigió nuevamente a la Estancia Radhamés, donde saludó y se despidió de su hija Angelita. Poco después de las 9 de la noche, partió acompañado solamente de su chofer Zacarías de la Cruz, con destino a San Cristóbal, sin imaginar que la muerte le acechaba.
La conjura se activa
Desde la llamada que Antonio de la Maza recibiera del Dr. Báez Díaz, este había empezado a convocar a los complotados para ajusticiar al tirano. Así se organizó de manera rauda y veloz la conjura, con la participación de:
| Conjurado |
|---|
| Antonio de la Maza |
| Antonio Imbert Barreras |
| Roberto Pastoriza |
| Huáscar Tejeda Pimentel |
| Pedro Livio Cedeño |
| Amado García Guerrero |
| Salvador Estrecha Sahdalá |
| Teniente Amado García Guerrero (29 años, el más joven, miembro del cuerpo de ayudantes militares de Trujillo) |
Se concentraron en tres vehículos y planificaron interceptar el Chevrolet Velt Air modelo 58 color azul celeste, manejado por Zacarías de la Cruz como único acompañante de Trujillo. El dictador había dado órdenes al Jefe de su Servicio de Inteligencia Militar (SIM), Coronel Johnny Abbes García, de que cuando se dirigiese hacia San Cristóbal, lo dejaran irse solo, sin escoltas ni otros vehículos.
El ajusticiamiento
Minutos después de pasar la zona donde se encuentra la Feria Ganadera, Trujillo fue interceptado por sus verdugos, quienes bloquearon el paso a su vehículo e inmediatamente abrieron fuego, hiriéndolo gravemente. El chofer Zacarías de la Cruz intentó una maniobra evasiva para escapar y Trujillo le ordenó que no lo hiciera, diciéndole: «Párate, vamos a pelear«.
Segundos después, el dictador abrió la puerta trasera del lado derecho del carro y se desmontó con dificultad, porque ya estaba herido y sangrando. Antonio de la Maza se le acercó de frente y le disparó en la cara, lo que se considera el «tiro de gracia» que provocó la caída al piso de Trujillo. Una vez el cuerpo del sátrapa en el suelo, De La Maza expresó: «Este guaraguao ya no comerá más pollos… «
El trágico epílogo de los conjurados
Luego de estos hechos, con Trujillo ya sin vida, los conjurados decidieron montar su cuerpo en el baúl del carro Chevrolet negro de Antonio de la Maza. Parte del plan era que, una vez ejecutada la muerte física para iniciar el golpe de estado y la toma del poder, el General Román Fernández había puesto como condición que tenían que enseñarle el cuerpo sin vida del dictador.
Los hechos ocurridos horas después del ajusticiamiento resultaron adversos al plan. Los conjurados cumplieron la primera parte —decapitar la dictadura con la hazaña de dar muerte a Trujillo— pero no pudieron concretar la segunda parte. Todos ellos, a excepción de Antonio Imbert Barreras y Luis Amiama Tió, murieron asesinados y torturados por los remanentes de la dictadura, bajo las órdenes del hijo mayor del sátrapa, Ramfis Trujillo, y del jefe del SIM, Johnny Abbes García.
Una reflexión para las nuevas generaciones
La República Dominicana cumple hoy 65 años de la caída del tirano y el inicio del derrumbe de la dictadura. No pocas voces, sobre todo de jóvenes que no vivieron esa época, dicen que ojalá volviera Trujillo, o que en esa época se vivía mejor. Para quienes así piensan, el autor deja una expresión de su padre, en honor a su memoria como historiador y apasionado de este tema, a modo de colofón:
«Por muchas imperfecciones que presente el sistema político democrático, nunca debemos tomar sus debilidades como fundamento o justificación para quitarle al ser humano, lo más valioso que tiene después de la vida y la salud: su libertad de expresión y su derecho de transitar libremente«.
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