17 de agosto de 2026
Y el pueblo vociferó: «¡Suelten a Barrabás!»
17 de agosto de 2026
Lic. Jeffrin G. Pacheco Reyes
Dos mil años después, hay hombres que, cuando descubren que las multitudes los aplauden y acumulan millones de seguidores en las redes sociales, terminan confundiendo seguidores con liderazgo, popularidad con grandeza y poder con divinidad. Se elevan tanto que llegan a creerse por encima de todos. Las universidades deberían tener muy pendiente esta realidad.
Pero hasta las alas de oro tienen un límite. El oro pesa, deslumbra y atrae multitudes, pero también puede fundirse. Quien se eleva demasiado y se acerca al sol convencido de que nada puede tocarlo puede descubrir, demasiado tarde, que aquello que utilizó para subir también puede precipitar su caída.
Como en El traje nuevo del emperador: no siempre el problema es únicamente quien termina convencido de su propia grandeza, sino también la multitud que, por miedo, conveniencia o fascinación, decide aplaudirlo y alimentar la ilusión. A veces basta una sola voz que se atreva a decir que el emperador está desnudo para que se derrumbe aquello que miles fingían admirar.
Lo preocupante no es solamente quien se eleva. También preocupa la sociedad que lo eleva.
Hace más de dos mil años, Jesús había predicado amor, esperanza y misericordia. Los Evangelios narran que sanó enfermos, hizo caminar al paralítico, devolvió la vista a los ciegos y resucitó muertos. Sin embargo, cuando llegó el momento de escoger, aquella multitud prefirió la libertad de Barrabás y la condena de Jesús.
En el Calvario fueron crucificados Jesús y dos malhechores, uno a cada lado, conocidos por la tradición cristiana como Dimas y Gestas. Tres cruces, tres destinos distintos. Mientras tanto, Barrabás quedó libre.
Dos mil años después cambian los nombres, los escenarios y los actores, pero determinadas conductas humanas siguen siendo inquietantemente parecidas.
Vivimos tiempos en que el ruido puede valer más que la razón; los seguidores pueden confundirse con liderazgo; la arrogancia, con grandeza; y el espectáculo, hasta con capacidad para gobernar. Incluso vemos cómo la popularidad comienza a convertirse en cálculos y supuestas posibilidades presidenciales.
¿Nos estamos volviendo locos como sociedad?
Entonces cobra vigencia aquel viejo tango Cambalache, de Enrique Santos Discépolo, que retrataba un mundo donde parecían borrarse las diferencias entre el honorable y el deshonesto, entre el ignorante y el sabio, hasta terminar imponiéndose la sensación de que todo daba igual.
Y entonces recuerdo aquella multitud:
«¡Suelten a Barrabás! ¡Suelten a Barrabás!»
Quizás el problema nunca fue solamente Barrabás.
El verdadero problema fue la multitud que decidió convertirlo en su elección.
Y quizás ahí esté nuestra tragedia: seguimos viviendo los mismos tiempos, únicamente con diferentes actores.
Qué pena que, después de dos mil años, todavía no hayamos aprendido la lección.
Deja un comentario