3 de septiembre de 2026
Yo iba a darle un consejo y terminé recibiéndolo
3 de septiembre de 2026
Por Yesica Abreu
Hace unos días mi hija de 19 años vino a preguntarme qué debía hacer ante una situación laboral. Acababa de comenzar un nuevo trabajo y, prácticamente al mismo tiempo, recibió una llamada de otra empresa en la que había aplicado anteriormente para continuar un proceso de selección.
Mami, ¿qué tú crees que debo hacer?
Y ahí una siente que todavía conserva cierto poder. Porque cuando los hijos crecen ya no preguntan tanto, así que cuando solicitan nuestra opinión, una inmediatamente activa el modo madre experimentada que, supuestamente, sabe cómo funciona la vida.
Le dije que continuara con el proceso, que no perdía nada escuchando la propuesta, conociendo las condiciones y evaluando cuál de las dos oportunidades le convenía más. Hasta ahí, impecable mi asesoría.
Había, además, un detalle importante: el otro trabajo representaba mayores ingresos y era en una empresa reconocida. Para alguien de mi generación, esos dos elementos automáticamente sumaban muchos puntos. Yo ya estaba haciendo mi tabla comparativa mental: mejor salario, empresa reconocida, posibilidades de crecimiento… ¿qué había que pensar?
Entonces mi hija me respondió con una seguridad que, debo admitir, no esperaba a su corta edad. Sí, mami, pero donde estoy estoy haciendo lo que me gusta. En el otro lugar ganaría más, pero realmente no me veo trabajando ahí. No quiero irme a un sitio solamente porque me paguen más o porque sea una empresa reconocida si no voy a sentirme cómoda haciendo ese trabajo.
Y ahí la asesora dejó de asesorar.
Me quedé pensando. Mientras yo analizaba salario, nombre de empresa, estabilidad y proyección, ella estaba evaluando algo que mi generación quizás no colocaba tan arriba en la lista de prioridades: ¿me gusta la vida que voy a tener haciendo esto?
No quiero romantizarlo. El dinero importa y mucho. Hasta el momento no conozco una factura de electricidad que acepte como método de pago “estoy haciendo lo que amo”. Hay responsabilidades, compromisos y una realidad económica que no podemos ignorar.
Pero también es cierto que muchos crecimos con una definición bastante rígida del éxito: conseguir un buen trabajo, ganar más, permanecer muchos años, ascender y, si la empresa tenía un nombre importante, muchísimo mejor. Eso de “no me siento feliz haciendo esto” no siempre era un argumento suficiente. Había que trabajar, producir, crecer y, muchas veces, aguantar.
Por eso quizás miramos a los jóvenes de hoy y pensamos que están un poco locos. Cambian de trabajo, cuestionan horarios, preguntan por flexibilidad, quieren viajar, emprender, tener tiempo, encontrar propósito y trabajar en algo que disfruten. Y nosotros, desde nuestra experiencia, inmediatamente pensamos: “¡Pero aprovecha la oportunidad!”, “¡Ese es un buen trabajo!”, “¡Tú no puedes estar cambiando tanto!” o la clásica: “Primero estabilízate y después piensa en lo que te gusta”.
Porque esa fue nuestra fórmula. Y no necesariamente estuvo mal. Nos enseñó disciplina, responsabilidad, constancia y el valor de construir estabilidad. Pero escuchando a mi hija pensé que quizás ellos tampoco están tan equivocados.
Tal vez esta generación está intentando no esperar hasta los 40 o 50 años para preguntarse si la vida que construyó era realmente la que quería vivir.
Eso tampoco significa que siempre tengan razón. A los 19 años uno puede tener clarísimo lo que quiere y cinco minutos después cambiar de opinión. Y parte de nuestro trabajo como padres sigue siendo enseñarles que perseguir lo que nos hace felices no significa abandonar la responsabilidad, el esfuerzo o la perseverancia cuando aparecen las dificultades.
Pero nosotros tampoco tenemos siempre la razón.
La experiencia tiene una pequeña trampa: muchas veces aconsejamos desde el mundo que nos tocó vivir y asumimos que las mismas reglas necesariamente funcionarán para el mundo que ellos están comenzando a construir.
Y quizás ese sea uno de los mayores aprendizajes cuando nuestros hijos dejan de ser niños. Durante años nuestra función fue enseñarles, protegerlos y decidir muchas cosas por ellos. Después llega una etapa diferente, y bastante más difícil: aprender a acompañarlos sin pretender dirigir cada paso.
Yo quería criar hijos independientes, con criterio propio y capaces de tomar buenas decisiones. Lo que nadie me explicó fue que algún día utilizarían ese criterio propio para tomar decisiones diferentes a las mías y eso me llena de satisfacción.
Porque aquel día mi hija vino buscando mi opinión y terminó recordándome algo que quizás, entre tantas responsabilidades de la vida adulta, mi generación había dejado un poco de lado: el éxito no debería medirse únicamente por cuánto ganamos, el cargo que ocupamos o el nombre de la empresa que aparece en nuestra tarjeta.
También debería importar cuánto de nosotros mismos estamos dispuestos a perder para conseguirlo.
Yo iba a darle un consejo y terminé recibiéndolo.
Moraleja: La experiencia puede enseñarnos mucho sobre el camino, pero no siempre sobre el destino. A veces los que vienen detrás no saben menos; simplemente se atreven a preguntarse antes si hacia donde van es realmente donde quieren llegar.
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